Tosepan Titataniske

No tomo café y fumo por desintoxicación.

Poesía descalza

Había una vez (porque de verdad había sólo una vez) una mujer que odiaba usar zapatos, las personas en la calle -siempre- murmuraban de su poca elegancia al andar, nadie comprendía sus pies llenos de fango. La llamaban loca, ella lo tomaba como un halago, decía que mantenerse cuerda -como ellos- resultaba aburrido, sonreían poco y enfurecían por pisar caca de perro con sus mocasines, aquella mujer llevaba consigo un pequeño morral lleno de granos de maíz, ofrecía a todo pueblo donde llegaba pero nadie quería maíz, sólo tenían dinero. Así pasaron muchas lunas y algunos eclipses, ella tenía más pasos que pies y siempre recogía una ramita de todos esos lugares a los que llego, la marcaba con fecha y sitio muy prevenida por aquello de que tal vez no volviera a ver árboles…
Un día, así de pronto, tenía una casa, muy pequeña y amaba estar ahí, veía desde las ventanas como el tiempo no se detenía ante nada. El ruido de la ciudad hizo que usara por primera vez zapatos, unos muy feos. Y camino y camino y camino. Y apareció un juglar que la enseño a rimar y pedía té cantando, y cortaba margaritas cantando… Entonces descubrió que la vida era una rima constante, y muchas rimas lograban versos y muchos versos lograban besos. Cuando una mañana pensó que aquellos versos dulces que soltaba por el mundo hacían canciones, decidió compartirlos, ella era poesía, y tras todo ese rubor siempre había mucha alegría.


Colaboración: Hafid.